La mina perdida de Phandelver (VIII).- Asalto al Castillo Cragmaw

— ¡¿Pero me podríais explicar qué clase de serrín tenéis en la mollera!? ¡Aventureros estúpidos! ¿Cómo podéis haberme confundido con esta criatura? -exclamó el viejo druida una vez que tuvo ocasión de recuperarse tras ser sacado del baúl en el que Venomfang lo había encerrado.

La primera reacción aparente de Reidoth era de indignación, pero Adam y Gilven sabían que esa indignación del viejo era en gran parte fingida para tratar de ocultar la vergüenza de haber sido derrotado y encerrado por un dragón. De hecho Reidoth no se prodigó demasiado en improperios contra los personajes, agradeciéndoles brevemente el hecho de haberlo rescatado, a pesar de que, según sus propias palabras, estaba a punto de conseguir por sus propios medios con ayuda de Kirst, un águila amiga que no cesó de atacar al dragón durante todos estos días.

Los héroes acompañaron al druida hasta la casa en la que éste se había establecido al llegar a Thundertree y allí tuvieron ocasión de recuperarse de las heridas sufridas durante el combate con Venomfang y comentar a Reidoth el motivo de que hubieran venido a Thundertree en su busca: necesitaban conocer la situación de una fortaleza llamada castillo Cragmaw ya que, al parecer, una tribu había llevado allí a Gundren Rockseeker.

Reidoth se ofreció a llevarlos hasta la fortaleza, ya que conocía su situación y era lo menos que podía hacer para devolver el favor que le habían hecho al rescatarlo del dragón verde. Así, a la mañana siguiente partieron hacia el sur atravesando senderos ocultos por el interior del antiguo y frondoso bosque de Neverwinter.

El camino fue extraordinariamente rápido gracias a algún tipo de magia que estaba utilizando el druida. Los héroes veían pasar los árboles y la vegetación a una tremenda velocidad, por cada paso que daban en compañía del druida les daba la impresión de avanzar diez, lo que les mareaba un poco al principio de su trayecto. Además de esa sensación, Adam también percibía algo extraño a su alrededor, una sensación parecida a la que había tenido en la ocasión que recorrió el sendero de Triboar para reunirse con sus compañeros tras escoltar a Mirna Dendrar hasta la carretera de la Costa de la Espada. Se sentía incómodo, vigilado y con una sensación de amenaza constante.

Casi al caer la noche el druida ralentizó sus pasos advirtiendo a los héroes que hiciesen lo mismo y tratasen de no hacer ruido. Así llegaron al borde de un claro en el que pudieron divisar una pequeña loma sobre la que había una fortaleza de piedra en estado semiruinoso. Se distinguían los restos de varias torres que habían colapsado, pero al parecer gran parte de la planta baja todavía permanecía en pie, aunque en un estado aparentemente precario. Allí se despidieron de Reidoth y de Aphelion.

El mago no se había recuperado lo suficiente como para poder acompañar a sus compañeros en la incursión a la fortaleza, por lo que seguiría su camino hacia Phandalin en compañía de Reidoth, llevándose con él la montura de Lord Kelkirk, que también se encontraba bastante agotada por el trayecto y por las heridas sufridas en Thundertree. Los caballos de Kelkirk y de Adam habían sido atacados por estirges mientras aguardaban en la entrada del pueblo el regreso de sus dueños. Al parecer el goblin Cae, ejerciendo de “escudero circunstancial”, hizo todo lo posible por salvar a las criaturas que le habían encomendado custodiar, pero las estirges acabaron con él y con el caballo de Adam.

La oscuridad comenzaba a extenderse por la zona y los héroes de Phandalin aprovecharon las últimas horas de luz para examinar desde el exterior sus opciones para introducirse en la fortaleza goblinoide. Gracias a Fester, el búho familiar de Adam, consiguieron localizar una especie de entrada semioculta en la zona norte del castillo, donde se había derrumbado parte del muro exterior. Dando un rodeo por la zona, Adam, a través de los ojos de Fester, pudo ver el interior de algunas de las estancias del castillo: escombros, cajas con suministros (sin duda procedentes de saqueos), suciedad, cortinas mohosas y goblins, muchos goblins, y hobgoblins, unos cuantos.

Tras compartir la información recabada con sus compañeros y debatir unos instantes, no perdieron el tiempo y decidieron tratar de adentrarse subrepticiamente en la fortaleza por la entrada descubierta en el norte. Gilven y Adam entraron en primer lugar, seguidos por Meirel. Tras aguardar unos instantes a una distancia prudencial sin escuchar indicios de lucha, alarma o enfrentamiento, el antiguo sargento mercenario, Thulgrun Barbadura, y su compañero Kelkirk de Shinemoon, se adentraron en la fortaleza entre los escombros del muro norte.

A diferencia de la entrada principal, en el oeste, al parecer la entrada que habían utilizado estaba totalmente desprotegida, por lo que decidieron continuar adentrándose en la fortaleza midiendo sus pasos para no provocar ruidos que pudiesen alertar de su presencia.

Atravesaron un par de pasillos separados con cortinas sustituyendo el lugar que mucho tiempo atrás ocuparon puertas de madera. Un olor pestilente a bestias inundaba las fosas nasales de los héroes, trayéndoles recuerdos a Kelkirk, Gilven y Adam del olor de la cueva goblin en la que encontraron al viejo Sildar Hallwinter.

Mientras avanzaban por el interior de los oscuros pasillos del castillo Cragmaw, un sonido rompió el silencio de la noche, provocando que los incursores detuviesen su avance, mientras notaban un gélido estremecimiento: lo que estaban escuchando era claramente un aullido de un Osolechuza, como aquél que les había atacado hacía varias noches. Y este sonido parecía provenir de alguna de las estancias del castillo.

Finalmente se encontraron con una puerta al final de uno de los pasillos. Gilven se concentró para escuchar a través de ella y le pareció percibir una conversación en una lengua que no entendía, pero que sonaba profundamente goblinoide. Haciendo gala del sigilo que ya había demostrado en anteriores ocasiones, abrió ligera y suavemente la puerta para ver a un hobgoblin bien pertrechado descansando sentado sobre un jergón y que apoyaba la espalda sobre una pared de piedra mientras afilaba un enorme sable. El soldado estaba iluminado por la luz que desprendía un brasero del que podía distinguir parte. Parecía que estaba hablando con un compañero situado hacia el otro lado de la estancia, pero que el halfling no podía ver.

Tras cerrar con suavidad la puerta, los héroes se organizaron para acometer por sorpresa a los guardias y, a partir de entonces, se desató el caos.

Los héroes de Phandalin efectivamente pillaron a los hobgoblins por sorpresa, pero aun así no lograron abatirlos con la rapidez que esperaban, por lo que comenzó a correr la voz de alarma por el castillo.

A la vista de la situación en la que se encontraban y tras valorar la posibilidad de que tras una de las puertas que daban a la estancia que habían asaltado se encontrase la criatura a la que habían oído aullar, Gilven decidió desatrancar esa puerta abriéndola del todo y apartándose hacia un lado mientras salió de su interior un osobúho enorme, mucho más grande que el que les había atacado a ellos, golpeando a su paso a Adam y a Kelkirk, pero también a los dos hobgoblins que se encontraban luchando con ellos, mientras escapaba buscando una salida.

Los héroes se esforzaron en repartir mandobles a diestro y siniestro, pero aún así les resultó difícil avanzar. Además en pocos momentos aparecieron allí un grupo enorme de goblins y hobgoblins que comenzaron a lanzarles de todo: jabalinas, redes para retenerlos, flechas…

Tratando de impedir que entrasen en la estancia, Adam volcó el brasero impidiendo que los goblins pudiesen entrar en la habitación en la que se encontraban y permitiendo mientras que sus compañeros continuasen atravesando el pasillo norte.

Allí Gilven entreabrió otra puerta, mucho más robusta que la anterior, pero en el momento en que comenzó a abrirla, notó como alguien, desde dentro, tiraba de la puerta para abrirla del todo y pudo ver una estancia mucho más adecentada que el resto del castillo, con alfombras de pieles, una mesa dispuesta para dos personas, con comida en platos y… como un enorme y desagradable Osgo, con una turbia sonrisa repleta de colmillos amarillos, mientras sostenía por el cuello contra él a un enano delgado y demacrado que ligeramente recordaba a Gundren Rockseeker, le gritaba a un gigantesco perro lobo que atacase. La bestia salió de la estancia cargando contra el halfling, que no pudo evitar ser derribado por el peso del perro que se abalanzó sobre Gilven, intentando con sus fauces quebrar su cuello, mientras la puerta de la que había salido se cerraba tras él con un sonoro golpe, dejando de nuevo a oscuras el pasillo.

Entre Thulgrun y Meirel lograron ayudar a Gilven a deshacerse del perro, pero los habitantes del castillo eran muy numerosos. Atravesaron otra puerta, llegando a la misma estancia por la que se habían introducido en el castillo mientras eran atacados por los goblins y hobgoblins.

Entre el enano y el joven señor de Shinemoon lograban a duras penas contener a las criaturas, mientras Gilven y Meirel veían con horror, que más criaturas se acercaban y les atacaban desde el exterior, ¡no tenían escapatoria! De hecho, uno de los goblins hirió gravemente a Meirel con una de sus flechas.

El bardo se refugió en la oscuridad del pasillo del que habían salido, esperando disponer de algunos momentos de tregua confiando en que Adam también se encontraría cerca y llegaría en cualquier momento. Cuando se apoyó contra la pared escuchó, mientras alguien lo sujetaba fuertemente por el cuello y lo elevaba arrastrándolo contra la piedra, una voz siniestra, pero al mismo tiempo sensual, que le susurraba al oído

¿Es que acaso esperabais salir con vida de aquí? Moriréis como sabandijas, ¡y tú el primero!

Con una fuerza impresionante y sin poder hacer nada para evitarlo al verse sorprendido, golpearon la cabeza del semielfo contra la pared de piedra, dejándolo en el suelo, inconsciente y al borde de las puertas de la muerte.

Así fue cómo se encontró Adam a Meirel al avanzar para reunirse con sus compañeros. El problema era que tenían tantos enemigos que les resultaban difícil poder atender a Meirel. De hecho en un momento también vieron como el recio y robusto Thulgrun se vio superado por la turba goblinoide que trataba de contener.

Entre flechas, jabalinas y mandobles de espadas y cimitarras, sacando fuerzas de flaqueza, los héroes de Phandalin se las arreglaron para poder atender a Meirel y proporcionarle una de las pociones de curación que les había regalado la Hermana Garaele, trayendo al semielfo de nuevo al mundo de los vivos en medio de una lluvia de flechas goblins.

Thulgrun también imploró ayuda a Marthammor Duin, recuperándose milagrosamente y haciendo surgir un enorme martillo enano espectral que la emprendió a golpes con la marea de goblins y hobgoblins que les impedía avanzar.

Lord Kelkirk contraatacó a las criaturas del castillo mientras un recuperado y muy enojado Meirel Mirakas provocó una enorme onda atronadora que acabó con gran parte de los goblins que les estaban atacando desde la zona más interior.

Los héroes aprovecharon ese momento para avanzar y colarse a través de otra de las puertas que encontraron a su paso, ya que no podían salir porque comenzaban a congregarse goblins y más hobgoblins en el exterior.

Con la intención de disponer de unos momentos para recuperar fuerzas, mientras Gilven, Adam y Kelkirk examinaban la nueva sala en la que acababan de entrar, Thulgrun con la ayuda de Meirel, trataron de bloquear las puertas de acceso.

Allí dentro el olor era distinto al de los pasillos en los que habían combatido. Una especie de olor a incienso o hierbas quemadas se mezclaba con un aroma almizcleño que provocaba un ligero picor. Mientras los goblins golpeaban las puertas, los héroes pudieron contemplar con más detenimiento la estancia en la que se encontraban. Parecía la antesala de una capilla. Thulgrun pudo distinguir claramente los restos de estatuas que simbolizaban algunas de las deidades adoradas en Faerûn: Helm, Tymora… ¡Cuidado Thulgrun!

Una criatura semejante a un gusano de proporciones gigantescas se desprendió del techo para caer encima del clérigo, intentando apresarlo con unos poderosos tentáculos que rodeaban una boca en forma de pico de loro, que pretendía destrozar el casco del enano.

Los compañeros de Thulgrun reaccionaron con rapidez y acabaron con el extraño ser antes de que pudiese devorar a su compañero.

Tampoco tuvieron muchos segundos de descanso. Las puertas habían sido bloqueadas, pero debían de encontrar un modo de salir de allí. En la oscuridad, Meirel distinguió un par de cortinas, cada una al lado de una pared, que parecían dar a otra estancia. Al acercarse allí, pudo escuchar claramente unos murmullos como de oración. Kelkirk acompañó al bardo cuando éste atravesó las cortinas y se encontraron con un grupo de goblins que parecían estar orando ante un viejo altar profanado sobre el que había una horrenda estatuilla y restos de sacrificios.

Al verlos entrar, los goblins cesaron sus oraciones sintiéndose perturbados y, a una orden del que parecía hacer las veces de sacerdote, cargaron contra Meirel y Kelkirk con ojos fanáticos.

Al tiempo que sus compañeros escuchaban los sonidos de lucha procedentes de la cámara en la que se habían metido Kelkirk y Meirel, unos potentísimos golpes hacían retumbar la puerta bloqueada por la que habían entrado. Con una mirada asustada, Thulgrun comunicó a sus compañeros que se aprestasen para la lucha ya que entendía que la barricada que había puesto no podría aguantar mucho más la potencia de los golpes.

Gilven y Adam se prepararon con sus arcos mientras Thulgrun trató de evitar que los golpes derribasen la puerta, pero no pudo aguantar mucho. Con un tremendo estruendo la puerta, junto con los maderos y piedras que habían reunido, y el propio Thulgrun, salieron despedidos. El gigantesco osgo que había vislumbrado antes Gilven en la estancia de la que había salido el perro había derribado la puerta.

Entre gritos feroces y vítores de sus seguidores, el osgo cargó contra el enano, mientras éste se reincorporaba a duras penas del suelo para tratar de detener a quién se presentó como el Poderoso Rey Groll.

Mientras Adam y Thulgrun luchaban contra el Rey Groll, Gilven se metió en la capilla donde peleaban Kelkirk y Meirel, para tratar de echar una mano, al ver que no cesaban los sonidos de lucha. Entre los tres consiguieron dar muerte a los goblins, mientras en la otra estancia el rey Grol golpeaba una y otra vez el escudo de Thulgrun Barbadura, que sentía cómo el agotamiento estaba haciendo mella en sus recios músculos.

El enano no lograba acertar con sus ataques a su enemigo, pero por lo visto su dios estaba con él y, tras algunas flechas de Adam, dos potentes golpes del martillo espectral noquearon al rey de la tribu Cragmaw, permitiendo que Thulgrun lo rematase con un contundente golpe de su martillo de guerra.

Tras acabar con el osgo y con los goblins, los héroes se las compusieron para bloquear de nuevo la puerta y evitar que entrasen más goblins. Pero aún así seguían en un tremendo aprieto. Después de escuchar unos sonidos familiares de aullidos y gruñidos de huargos, procedentes de una de las puertas que daban a la estancia (y que todavía no habían traspasado), los héroes decidieron volver sobre sus pasos y tratar de hacerse fuertes en la que dedujeron que sería la estancia del fallecido rey Groll. Al fin y al cabo habían ido al castillo en busca del desaparecido Gundren Rockseeker y sería probable que el enano secuestrado se encontrase prisionero en esa estancia o en alguna cercana a ella.

Cruzando los dedos y rezando a Tymora, abrieron la puerta y atravesaron de nuevo los pasillos, entre una nube de flechas, alcanzando la habitación del rey Groll, bloqueando la puerta tras entrar todos.

Una vez dentro de la habitación, en la que había otra puerta bloqueada con un travesaño, vieron otra parte de la siniestra decoración que previamente le había pasado desapercibida a Gilven: en las paredes había distribuidos una especie de ganchos en los que se habían clavado varias cabezas de elfos.

Precisamente fue Gilven el que pudo distinguir cómo en el brasero que había en el centro de la estancia, se estaba terminando de quemar una especie de pergamino que trató de rescatar de los rescoldos ardientes con relativa fortuna. Al parecer el documento había pasado ya un buen rato entre las brasas y se había estropeado pero aún así todavía se distinguían algunos caracteres en el borde que había rescatado. Caracteres enanos que Thulgrun tradujo sin problemas: “Mapa de la Mina de los Ecos”.

Mientras discutían entre ellos sobre cómo salir de allí o qué hacer después, Adam solicitó de nuevo la ayuda de su búho Fester, que salió al exterior a través de una de las estrechas ventanas de la estancia.

Lo que vio el ave nocturna mientras rodeaba el castillo hizo estremecer a Adam. Más y más hobgoblins, algunos de ellos montados sobre huargos, se estaban concentrando alrededor de la fortaleza.

Cuando todavía no había regresado el búho y antes de que Meirel se hubiese puesto cómodo para descansar sobre la cama del rey Groll, sintieron golpes en los muros del exterior de la estancia, hasta que un par de antorchas penetraron al interior. Con ellas sería difícil que se llegase a provocar ningún incendio en el interior de la estancia, pero aun así decidieron bloquear las ventanas para evitar que les pudiesen arrojar más objetos desde el exterior. Los golpes sobre los muros no cesaron y sí que pudieron escuchar como otras partes del castillo relativamente cercanas podrían estar cayendo.

Una potente voz desde el exterior les ofreció la posibilidad de salir de allí con vida si lo hacían antes de una hora. La voz le sonaba familiar a Kelkirk. Por supuesto el noble guerrero no había tenido nunca tratos con hobgoblins, pero sí que aquel tono gutural y autoritario le recordaba a aquel hobgoblin que comandaba la patrulla que les atacó cuando salieron de Wyvern Tor.

Los héroes debatían qué hacer mientras Meirel observaba con curiosidad la puerta atrancada situada al lado de la cama sobre la que descansaba. Dejando al resto discutir el futuro curso de acción del grupo, Meirel se incorporó y sacó el travesaño que bloqueaba la puerta. La abrió y vio que daba a una estancia pequeña y sin salidas ni ventanas, llena de suciedad, escombros, restos de telas y maderas. Entre todo aquel desastre distinguió la silueta de Gundren.

El pobre enano estaba hecho un auténtico desastre, sucio, desnutrido, herido, semidesnudo… Ante el descubrimiento de Meirel, Thulgrun se aprestó a socorrer a su primo implorándole ayuda a su dios para restablecer sus heridas. Aparentemente la situación de Gundren mejoró ligeramente, pero el estado de agotamiento que presentaba era tal que requeriría de más tiempo para su recuperación o de magia más poderosa de la que Thulgrun podía canalizar.

Finalmente y tras meditarlo durante un rato, valorando sus posibilidades, y después de un intenso debate a gritos con Targor Espada-de-Sangre, el hobgoblin que se acababa de erigir en nuevo líder de la tribu Cragmaw, los personajes decidieron probar suerte con el ofrecimiento que les había hecho el nuevo rey.

Al parecer el hobgoblin que ha asumido el liderazgo de la tribu goblinoide no tiene ningún aprecio por la fortaleza, a la que, por otra parte, había ordenado prender fuego con los héroes en su interior.

Heridos y agotados, los héroes con Gundren, ayudado éste por su primo Thulgrun, abandonan la fortaleza en llamas por el mismo lugar por el que habían entrado. Al salir ven como un grupo enorme de goblins y hobgoblins, con armas y antorchas, vitorean a su líder, un ufano Targor, mientras abren un estrecho pasillo por el que avanzan a paso vivo los héroes hasta que se internan de nuevo en el bosque y tratan de apresurarse todo lo posible por si alguno de la tribu Cragmaw decide realizar una “interpretación libre” del ofrecimiento de tregua de Targor Espada-de-Sangre.

Las aventuras de los héroes de Phandalin continúan en esta entrada: La mina perdida de Phandelver (IX).- La batalla de Phandalin.

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