La mina perdida de Phandelver (IX).- La batalla de Phandalin

Tras haber recorrido un buen trecho de camino hacia el sur, en la dirección que el viejo druida Reidoth les había indicado, y a una buena distancia de las ruinas de la fortaleza Cragmaw, los héroes hicieron un descanso para reponer fuerzas. Además, Gundren parecía bastante cansado y debilitado.

El primo de Thulgrun les contó cómo los goblins lo habían llevado hasta el castillo tras ser asaltado cuando viajaba con Sildar Hallwinter hacia Phandalin. Allí estuvo prisionero durante todo este tiempo. El enano parecía bastante desorientado respecto del tiempo que había pasado desde entonces y, aunque agradecía las atenciones de su primo, mostraba cierta suspicacia respecto del resto del grupo, especialmente respecto del semielfo que se dedicaba a afinar su laúd mientras canturreaba una canción.

Al cabo de un buen rato, encontrándose cómodos en el claro que Adam había localizado para montar el campamento y cansados por el esfuerzo del enfrentamiento con la tribu Cragmaw, los héroes de Phandalin se dispusieron a descansar mientras Adam se encargaba de la primera guardia de la noche.

No había pasado más de una hora desde que había comenzado a escuchar los ronquidos de Thulgrun, cuando Adam percibió un movimiento extraño entre unos arbustos cercanos. Se concentró en aguzar todavía más sus sentidos, pues la sensación que le había estado persiguiendo desde que salieron de Thundertree y durante todo el trayecto desde que escaparon del casillo Cragmaw se estaba haciendo cada vez más intensa.

636252771953950206Adam despertó discretamente a Gilven, tratando al mismo tiempo de no desviar la mirada de la vegetación que había visto moverse. Poco a poco fueron todos despertando y vieron cómo una criatura vegetal de más de dos metros de alto y con formas claramente femeninas, surgía de entre la vegetación que bordeaba el claro en el que estaban descansando.

La criatura se dirigió a ellos con una extraña voz quebradiza e inquietante, que Adam no era capaz de entender, mientras otras dos criaturas semejantes a la primera, aunque algo más pequeñas, surgieron de los lados del claro, acercándose lentamente hacia ellos.

Meirel, tratando de mantener la calma, se dirigió a las criaturas en élfico para preguntarles qué era lo que querían.

Al escuchar la voz del semielfo, las criaturas detuvieron su avance claramente sorprendidas. La criatura más alta, habló de nuevo en un rudimentario élfico.

— El daño. Vosotros lleváis el daño. No queremos.

Extrañados por esas palabras en unos primeros instantes no sabían muy bien qué hacer. No querían echar mano de sus armas de una forma muy brusca para tratar de evitar que las criaturas pensasen que era un acto hostil hacia ellas.

— Él lleva el daño. ¡Él hará daño!

Adam reaccionó rápido a las palabras de la criatura. Retrocedió hacia donde tenía apilados sus pertrechos y se acercó al hacha enana que había encontrado en la guarida de Venomfang.

— Dinos, criatura. ¿Te refieres a esto? ¿Éste es el daño? –preguntó el guerrero-.

— ¡SÍ! El daño, vosotros portáis el daño. Queréis dañarnos, queréis extinguirnos.

— ¡No! No queremos dañaros. Por favor, sólo os pedimos que nos permitáis pasar por el bosque. No queremos hacer daño a nadie, solo queremos descansar y salir de aquí.

La criatura parecía dudar al escuchar las palabras de Adam, que eran traducidas por Meirel.

— Si lo que os inquieta es esta herramienta, podéis llevarosla, si nos permitís descansar aquí durante esta noche y proseguir mañana nuestro camino. Por favor.

Mientras Meirel traducía sus palabras al élfico, Adam, con movimientos lentos, acercó el hacha enana hacia dónde se encontraba la criatura que les había hablado, depositándola en el suelo a unos tres metros de ella.

Dryad_reference_1Cuando Adam retrocedió para ponerse al lado de sus amigos, una de las criaturas más pequeñas se acercó rápidamente y cogió el hacha con una de sus ramas, para volver a esconderse con ella rápidamente entre los arbustos.

La criatura más alta se quedó mirando con curiosidad al grupo, especialmente a Adam Radiant, mientras la otra criatura se retiraba rápidamente, junto con algunas otras que parecían permanecer escondidas más allá de los lindes del claro, pero que los personajes no habían detectado antes.

La dama arbórea se despidió y retrocedió hacia la vegetación sin darles la espalda, alejándose en la oscuridad de la noche.

Una vez superado el susto del encuentro, Adam percibió que la sensación de inquietud que le había acompañado desde que salió de las ruinas de su pueblo había desaparecido, lo que ayudó a que pudiese descansar durante aquella noche en las profundidades del bosque de Neverwinter.

Las indicaciones del desaliñado druida habían demostrado ser precisas: tras varias horas de camino los héroes por fin salieron al camino de Triboar, muy cerca de donde Adam, Gilven y Kelkirk habían sido emboscados por una patrulla de goblins hacía aproximadamente una decana.

De hecho los recuerdos de aquel ataque regresaron a la mente de los tres héroes que habían rescatado a Sildar Hallwinter de la guarida de los goblins, al ver a un lado del camino un carro volcado, con varias cajas abiertas y vacías, decoradas en varios de sus lados con la silueta de un león rampante azul: el emblema de la Compañía de Lionshield de suministros.

A todas luces el carro había sido asaltado y saqueado, aunque no encontraron rastro de las flechas goblins como las que les habían lanzado hace tiempo a Kelkirk y sus compañeros.

A la vista de que no quedaban rastros que pudiesen seguir, pues había pasado bastante tiempo desde que el carro fue volcado, los héroes apuraron el paso para regresar a Phandalin.

Al entrar en el pueblo se encontraron con la desagradable sorpresa de que algunas de las casas habían ardido hasta los cimientos. De alguna de ellas todavía quedaban restos humeantes.

El herrero y otros habitantes del pueblo miraron sorprendidos a los héroes que regresaban, pero sus rostros no mostraban precisamente alegría al verlos. Algo malo había pasado en Phandalin mientras ellos habían estado ausentes.

El alcalde Harvin y Sildar Hallwinter les puso al tanto de lo sucedido: desde hace tres días el pueblo está siendo asaltado por el traidor villano Glasstaff, acompañado por un grupo de rufianes y, además, de varios osgos. Desde entonces cada noche Glasstaff se presenta en el pueblo, cada vez aproximándose desde un punto distinto, y algunos de los rufianes destrozan cosechas y herramientas mientras otros se dedican a prender fuego a las casas. Glasstaf ha jurado quemar un edificio del pueblo cada noche hasta que se entreguen aquéllos que se hacen llamar “los héroes de Phandalin”.

Gilven respiró aliviado al saber que la casa de su tía Qelline todavía permanecía intacta, ya que, siendo una de las viviendas situadas en el exterior del pueblo, podría fácilmente ser objetivo de esos malvados rufianes.

Decididos a no perder más tiempo y tener un definitivo enfrentamiento con el mago traidor, los héroes de Phandalin se pusieron manos a la obra para preparar las defensas del pueblo.

Captura

Adam y Meirel se pusieron a construir en la plaza frente al ayuntamiento, con la ayuda de algunos habitantes del pueblo, un atalaya lo suficientemente alta para vigilar la mayor parte del pueblo y con capacidad para dos vigías con relativa comodidad.

Mientras, Gilven y los gemelos guardaespaldas de Haalia Thornton prepararon algunas trampas en las calles principales del pueblo, disimulándolas con lonas.

Por su parte, Lord Kelkirk y Thulgrun Barbadura dirigieron la instrucción acelerada de varios reclutas que habían sido entrenados durante los días anteriores por parte de Sildar Hallwinter, siguiendo las recomendaciones dadas por Kelkirk antes de partir hacia Thundertree.

Finalmente, antes de que cayese la noche, conminaron a que los habitantes del pueblo se refugiasen en el ayuntamiento durante esa noche y dispusieron varias estacas repartidas por el pueblo con antorchas, para iluminar un perímetro y poder así detectar por dónde se aproximarían esa noche Glasstaff y sus secuaces.

En cuanto a Gundren, la señora Thornton ofreció a Gilven y a Meirel protegerlo en el interior de su mansión, el edificio más resistente de todo Phandalin, pero tanto Gilven como Meirel rechazaron amablemente su ofrecimiento, ya que consideraban que lo más prudente sería que descansase en el Ayuntamiento, en las estancias de Sildar Hallwinter, en las que ya se había acomodado al llegar al pueblo.

 

Pocos instantes pasaron desde que se hizo noche cerrada hasta que las primeras luces de antorchas fueron divisadas por uno de los reclutas que habían situado los héroes como vigilante al este del pueblo. Tres matones ataviados como los redbrands que habían sido expulsados del pueblo hace días, se aproximaban con antorchas. Al mismo tiempo otro vigía dio la voz de alarma desde el sur del pueblo. Y pocos instantes después uno de los edificios al norte, junto a la herrería, comenzaba a arder.

Había comenzado el ataque de Glasstaff.

Los reclutas situados como vigilantes retrocedieron hacia el centro del pueblo, aliviados por la orden recibida de Kelkirk, mientras Gilven y Thulgrun salieron del ayuntamiento para investigar otras luces que habían divisado Adam y Meirel desde el atalaya, aproximándose por el sureste, hacia la casa de Qelline Alderleaf.

Adam y Meirel consiguieron abatir con sus flechas y sus virotes de ballesta a los matones que se aproximaban desde el oeste, mientras Kelkirk corrió hacia el norte para enfrentarse con los rufianes que estaban quemando la casa en el camino del norte del pueblo.

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Gilven y Thulgrun corrieron hacia la granja de la tía Qelline y se encontraron con que ¡dos enormes osgos se disponían a prenderle fuego a la casa!

Thulgrun cargó contra ellos mientras Gilven buscó un lugar desde el cual resguardarse y tratar de disparar a los peludos guerreros sin que lo descubriesen. Entonces fue cuando vieron a Glasstaff.

El mago se desplazaba por el aire, con su túnica y su capa carmesí ondeando al viento, levitando por encima de los edificios del sureste de Phandalin mientras conjuraba llamaradas con sus manos que incendiaban los tejados de los edificios próximos a él.

¡Al fin se han dignado aparecer esos cobardes! -gritó el mago desde las alturas-. ¡Hoy será vuestro final, cobardes, hoy moriréis todos y este pueblo de perdedores arderá hasta que solo queden cenizas!

En cuanto divisaron al mago, tanto Adam como Meirel pensaron en concentrar sus tiros en él, pero otros rufianes se estaban aproximando hacia ellos desde el sur de la plaza y Kelkirk podía tener dificultades con los matones que se aproximaban desde el norte pues, aunque era un buen guerrero, estaba en clara inferioridad numérica.

Meirel disparó contra los redbrands que estaban combatiendo con Kelkirk mientras Adam quiso asegurar su ataque contra el mago, invocando tres proyectiles mágicos que iluminaron parte del pueblo con una luz azulada durante su trayecto hasta el mago. Éste, sorprendido por el ataque mágico del guerrero, conjuró una especie de escudo que detuvo los proyectiles y, con una media sonrisa gritó a Adam:

Burdo aprendiz de mago, ¡deja que un auténtico maestro de la magia te enseñe cómo se hace!

Y, con un gesto de sus dedos, tres dardos mágicos partieron en dirección al atalaya en la que estaban Adam y Meirel Mirakas.

Con una sonrisa, imitando a la que le había dedicado Glasstaff, Adam hizo surgir una esfera mágica que le rodeó y contra la que se estrellaron los proyectiles mágicos de Glasstaff, para sorpresa de éste.

Mientras los combates se sucedían en distintas partes del pueblo: Kelkirk contra tres rufianes en combate singular, Thulgrun contra dos osgos, los gemelos guardaespaldas de la Sra. Thornton contra varios matones que se habían aproximado desde el sur, Gilven contra otro que intuía desde dónde le habían disparado las flechas que le habían herido…

Cada vez había más edificios ardiendo, pero los habitantes de Phandalin permanecían en el interior del ayuntamiento, asustados e impotentes, rezando a sus dioses para que les protegiesen en esos momentos.

La voz de Glasstaff volvió a escucharse desde las alturas, mientras se aproximaba a la plaza del pueblo en la que habían construido el atalaya.

He esperado con ansia este momento, el momento de acabar con vosotros. Este pueblo era mío ¡y no será de nadie más! ¡Arded y morid, escoria!

Diciendo esas palabras, el mago carmesí señaló la base de la atalaya y una pequeña bola de fuego partió de su índice, haciéndose cada vez más grande hasta alcanzar el suelo, provocando una explosión de fuego que arrasó con la estructura que habían levantado esa misma mañana, y causando al mismo tiempo graves heridas en Lord Kelkirk.

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Afortunadamente tanto Adam, como Meirel pudieron protegerse lo suficiente para evitar parte del daño de la explosión. Kelkirk estaba malherido pero sus compañeros le facilitaron sendas pociones. Una de ellas ayudó a que se curasen mágicamente gran parte de sus heridas y otra, la que le dio Meirel, hizo que el rostro del mago palideciese al comprobar su efecto.

En cuanto Kelkirk ingirió el contenido del vial que le había dado el semielfo, asió fuertemente el mango de su hacha y, tras dar un par de poderosas zancadas, se alzó del suelo a gran velocidad volando en dirección al mago.

Sesión 30-08-2020

El combate en las alturas entre Kelkirk y Glasstaff fue épico mientras, en tierra, el resto de los héroes se esforzaban enfrentándose a los rufianes que amenazaban con prender fuego al pueblo.

En ese momento Adam distinguió cómo Sildar Hallwinter salía del ayuntamiento, acompañado por otros tres reclutas, corriendo por el camino que conducía hacia la posada del Gigante Dormido. El guerrero de Neverwinter debía de estar en tal estado de excitación que no se acordó de que por ese camino se había colocado una de las trampas de foso, por lo que el viejo guerrero cayó estrepitosamente. Varios de los nuevos soldados de Phandalin ayudaron a Sildar a salir del pozo. Éste, en cuanto salió de la trampa, les ordenó que corriesen para enfrentarse con dos matones que pretendían prender fuego a una de las casas, orden que los reclutas atendieron al instante. Una vez hubo recuperado el aliento, Sildar continuó al trote hacia el norte del pueblo, perdiéndose en la oscuridad.

Glasstaff no se esperaba el ataque de Kelkirk. Salvo por las flechas de Adam y Gilven y los virotes de la ballesta de Meirel, se había creído a salvo manteniéndose en las alturas y lanzando llamaradas desde lo alto. Pero el que un guerrero de la envergadura del heredero de Shinemoon cargase contra él con un hacha enorme no había entrado en sus planes. Con grandes dificultades el mago conseguía evitar los golpes del guerrero, a fuerza de destreza y de magia, pero no fue suficiente. Los insistentes golpes de Kelkirk y una certera flecha lanzada por Adam Radiant consiguieron atravesar las defensas del malvado hechicero. Pero lo que definitivamente acabó con él fueron las palabras hirientes que Meirel Mirakas le gritaba desde la plaza de Phandalin. Esas palabras entrelazadas con magia bárdica provocaron que el mago perdiese la concentración respecto de los poderosos ataques de Kelkirk y cayese desde las alturas estrellándose con violencia contra el suelo.

Habían derrotado finalmente a Iarno Albrek, el mago traidor a la Alianza de los Lores que se hacía llamar Glasstaff.

Vencido el mago, los osgos no terminaron en caer ante las flechas de Gilven y los martillazos del enano clérigo de Marthammor Duin. Y los bandidos que todavía quedaban vivos huyeron del pueblo, ocultándose en la oscuridad de la noche.

Los héroes habían defendido Phandalin por segunda vez contra el vil Glasstaff.

El resto de la noche lo pasaron organizando cuadrillas para asegurar la extinción de todos los incendios provocados por Glasstaff y sus secuaces, así como para realizar un recuento de los daños sufridos.

De regreso al ayuntamiento, para reunirse con Sildar y Gundren se encontraron con que ni uno ni otro estaban allí. Del enano nadie sabía nada, nadie lo había visto, y al parecer el último que vio a Sildar fue Adam, cuando en medio de los combates lo vio salir de la trampa de foso en la que había caído y dirigirse al trote hacia el norte del pueblo.

Mientras estaban revistando la habitación, Gilven percibió unos golpes procedentes del interior del armario donde Sildar Hallwinter guardaba sus pertenencias. Cuando abrieron las puertas todos se sorprendieron al encontrar al veterano caballero de Neverwinter amoratado, amordazado, desnudo y atado de pies y manos en el interior del armario.

En cuanto le sacaron el trapo que le impedía hablar Sildar gritó:

— ¡Compañeros, debéis de partir cuanto antes para localizar la Mina de los Ecos! El Gundren que habéis traído con vosotros del Castillo Cragmaw ¡no era Gundren!

Sigue las aventuras de los héroes de Phandalin en la siguiente entrega de esta crónica: La mina perdida de Phandelver (X).- Explorando la mina perdida.

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