Logres, año 488 – El caldero de Clyddno Eddyn

La Fase de Invierno

El invierno en Buckholt fue duro, pero no solo porque la cosecha no fue tan abundante como otros años, sino que la tragedia golpeó duramente a la familia de Sir Cilydd.

Al principio a Lady Adwen le había costado aceptar la decisión de su esposo de dejar ir a su hijo Howell con aquellas sacerdotisas paganas. Pero al cabo de los meses había acabado por asumirlo.

Cuando regresó Sir Cilydd a sus tierras se encontró con que su mujer estaba de nuevo embarazada. ¡Sería padre de nuevo! Pero conforme el embarazo se acercaba a los últimos meses, el estado de salud Lady Adwen se había visto tremendamente resentido, en parte debido a que nuevamente eran dos bebés los que traía al mundo. Gracias a la ayuda de las hermanas de Cilydd, especialmente de Bebbin, la más joven, Lady Adwen pudo sobrevivir al parto, aunque por desgracia uno de los bebés no sobrevivió al proceso y perdió la vida a las pocas horas.

Cuando ya habían pasado varios días desde el parto, durante los cuales parecía que Lady Adwen se había recuperado, una de las sirvientes se la encontró caída en el suelo, cerca de los establos. Sir Cilydd acababa de enviudar.

Aunque fue una ceremonia discreta en Buckholt, al entierro de Lady Adwen acudieron muchas personas de todo Salisbury que conocían y apreciaban a la dama. Entre ellas se encontraba también el Padre Tewy, por el que parecía que habían pasado más años de los que en realidad habían transcurrido. Una de las personas que más sintió la muerte de Lady Adwen fue su buena amiga Lady Eleri, la actual esposa de Sir Molacus.

Entre los aldeanos de Buckholt también sintieron la pérdida de la joven señora y algunos relacionaron el luctuoso suceso con cierta falta de respeto del señor de sus tierras para con las viejas costumbres.

En Porton el invierno fue relativamente tranquilo, si no fuese por la tristeza que embargó a Lady Eleri desde el fallecimiento de su amiga. También comenzaron a llegar a Porton algunos rumores sobre el carácter con el que Sir Molacus se conducía por tierras de Lindsey, atrayendo hacia sí las miradas de no pocas doncellas y provocando la envidia de otros.

Ya fuese para tratar de alejarse de recuerdos tristes o de rumores incómodos, Lady Eleri propuso a su esposo que se trasladasen, al menos temporalmente, a sus tierras de Stappleford, las tierras que fueron de su familia, a lo que Sir Molacus accedió gustoso, mucho más al ser testigo de la alegría de su esposa cuando volvió a ver a los criados que habían cuidado de su familia durante tanto tiempo.

En cuanto a Grimstead, Sir Gaoth estaba cada vez más preocupado por la falta de descendencia de Lady Claudia. Aunque la dama había demostrado ser una buena administradora, los dioses no les bendecían con descendencia. El enorme caballero veía como cada año que pasaba le costaba mantenerse en plena forma y le preocupaba no disponer de herederos legítimos, por lo que, despreocupándose de lo que pudiera pensar su esposa al respecto, decidió traer a su casa y asumir bajo su cuidado directo a los hijos varones que había tenido en años anteriores en sus relaciones con algunas campesinas del señorío.

Reunión del consejo del Conde

Tanto Gaoth, como Cilydd como Molacus acudieron a Sarum a principios de la primavera, convocados expresamente para asistir al consejo del Conde Roderick. Los tres caballeros eran los más jóvenes de los que se habían reunido en las estancias privadas del Conde pues, salvo Sir Jaradan, el resto eran caballeros veteranos, como el viejo Sir Elad, Sir Hywell de Lavington Occidental o Sir Hywell de Tinsbury.

El conde Roderick les expuso la situación: Uther le había propuesto formar parte de un contingente de tropas comandado por su hijo, el Príncipe Madoc, que cruzaría el mar para ayudar a su viejo aliado el Pretor Syagrius contra los francos. En caso de que prefiriese permanecer en la isla, el conde y la mitad de sus caballeros acompañarían a Uther hacia el oeste, en dirección a Somerset. Por lo visto Cadwy había olvidado los términos del acuerdo y no estaba cumpliendo con su parte, pues hacía meses que no llegaba a Logres la plata de las minas de Somerset.

Como los caballeros tenían una buena relación con el príncipe, el conde quiso escuchar su opinión acerca de ambas propuestas y las posibles implicaciones que podrían derivarse de acompañar a Madoc hasta el continente.

Tras un breve debate, finalmente el conde se decantó por acompañar a Uther. Al fin y al cabo si las negociaciones con Cadwy terminaban en conflicto, Somerset era un territorio limítrofe con Salisbury, por lo que lo más prudente sería permanecer en la isla, por lo que pudiera pasar. Todo ello a pesar de que pudiesen conseguir muchísima más gloria en el campo de batalla junto a Madoc. La seguridad del condado resultaba prioritaria.

El deber de un rey es proteger a sus vasallos

Los caballeros acompañaron al contingente de tropas con el que Uther se trasladó hasta Bath, formando parte de una de las unidades del conde Roderick.

Con ellos también había sido convocado Sir Turpin apodado “el ágil”, un caballero algo inocente pero de muy buen corazón que había servido como antiguo escudero de Sir Cilydd.

Los caballeros también conocían a otro Sir Turpin hace años, cuando Uther había tratado de invadir Somerset, cuyo carácter no tenía nada que ver con el que fue escudero de Sir Cilydd, y que también se encontraba entre los caballeros que acompañaban al Conde Roderick: Sir Turpin “el supersticioso”, un caballero que le costaba mantenerse callado y que daba la impresión de que trataba de calmar sus miedos (que no eran pocos) compartiéndolos a viva voz con todos sus compañeros.

Durante el trayecto desde Sarum hasta Bath, Sir Turpin “el supersticioso” no dejaba de hablar de la magia misteriosa y peligrosa que se extendía sobre las tierras de Somerset, sobre los pactos del rey Cadwy con las gentes del Otro Lado y cuestiones semejantes. Al menos en esta ocasión parecía mostrarse algo más tranquilo que hace unos años gracias a la presencia de Merlín. Aunque insistía en que ningún druida era de fiar.

Con el ejército en formación frente a las puertas de la ciudad de Bath, las puertas se abrieron, saliendo el anciano rey Cadwy escoltado por varios guerreros (los caballeros reconocieron al príncipe Melwas entre ellos), y con varios escuderos. Uther se adelantó con su escolta para encontrarse con el rey de Somerset y al rato los sirvientes de Cadwy comenzaron a montar un pabellón en el exterior de la ciudad.

En ese pabellón tendrían lugar las negociaciones entre Uther y Cadwy, y los caballeros fueron escogidos para formar parte del grupo de caballeros que se encargarían de la vigilancia exterior para que nadie importunase a los monarcas.

Mientras sus compañeros y los demás caballeros escogidos por Sir Bellias para la guardia exterior del pabellón en el que se encontraban los reyes montaban guardia, a Sir Gaoth le costaba mantener la paciencia y estaba tremendamente intrigado por cuáles serían las razones por las cuales los dos monarcas llevaban tantas horas de negociación. Uther no es un hombre proclive a largos discursos, más bien todo lo contrario. Por eso, en cuanto le pareció percibir la voz de Uther con un tono cada vez más elevado, el gigantón caballero de Grimstead trató de acercarse a la zona de la entrada para tratar de averiguar de qué era de lo que estaban hablando los reyes durante tanto tiempo.

Así fue como Sir Gaoth pudo escuchar cómo Cadwy demandaba a Uther que cumpliese con su cometido para con sus vasallos, de brindarles protección. Desde hace meses Somerset está sufriendo una plaga de unas criaturas semejantes a ranas, pero de un tamaño enorme y con alas que asolan las costas y las marismas, haciendo tremendamente peligrosa tanto la pesca como el viaje entre distintas partes de Somerset.

Antes de que sus compañeros consiguiesen detenerlo, Sir Gaoth irrumpió en el interior del pabellón en el que los reyes estaban negociando, gritando que él conocía aquellos seres de los que hablaba el rey Cadwy, los había visto y había luchado contra ellos con la ayuda de sus amigos hace unos años. ¡Y si era necesario enfrentarse de nuevo a esas criaturas se presentaba voluntario para darles caza!

Embarcados en una nueva aventura.

En esta ocasión los tres caballeros, Sir Molacus, Sir Ciydd y Sir Gaoth, junto con los dos caballeros Turpin (“el ágil” y “el supersticioso”), sin la ayuda de sus escuderos y dejando atrás sus monturas, se internaron en las marismas del norte de Somerset en un par de anchas barcazas, del tipo de las que utilizaban los pescadores de las marismas de Somerset.

Water LeaperNo tardaron demasiado en encontrarse con las monstruosas criaturas. Cuando ya habían avanzado varias millas hacia el oeste, internándose en las zonas más profundas de las marismas, un grupo de seis batracios alados, grandes como mastines, emergieron repentimamente del agua abalanzándose sobre Sir Gaoth, ¡todas ellas!, ¡las seis concentraron su ataque en el caballero!

Aunque Sir Gaoth pudo golpear a la primera de las criaturas con su espada, no pudo hacer mucho para defenderse del resto, hiriéndole una de ellas en el brazo de la espada, aunque pudo desembarazarse de ella una vez superada la sorpresa.

Los barqueros que conducían los botes se refugiaron asustados bajo fuertes y gruesas lonas, mientras los cinco caballeros se defendían como podían de las acometidas de las criaturas.

Varios de ellos fueron derribados de las embarcaciones, pero gracias al carácter previsor de Sir Cilydd se habían asegurado amarrándose con cabos a las embarcaciones, para que fuese más fácil ayudar si alguno de los caballeros caía al agua. Teniendo en cuenta que llevaban armadura de cota de mallas, resultó ser una decisión más que prudente.

Afortunadamente para todos ellos, consiguieron abatir a una buena cantidad de saltadores de agua, pero tras un buen rato vigilando llegaron a la conclusión de que parecían proceder todas las criaturas del oeste, por lo que decidieron continuar en aquella dirección, sospechando que alguna razón habría para que esas criaturas se hubiesen extendido tanto por Somerset. Los propios barqueros confirmaron a los caballeros que se trataba de algo extraordinario. En raras ocasiones los saltadores de agua se habían adentrado tanto en Somerset y nunca en tal cantidad como durante estos meses.

Después de varios enfrentamientos con aquellas criaturas que infestaban las marismas, una tarde divisaron algo que les llamó muchísimo la atención. Una niña estaba escapando de alguien que se movía de un modo bastante extraño, avanzando con evidente dificultad por entre los juncos de las pantanosas marismas.

Los caballeros se acercaron a la pequeña y la subieron a los botes, perdiendo de vista al misterioso perseguidor de la pequeña.

La niña, de unos diez años aproximadamente, además de cubierta del lodo de las marismas, estaba visiblemente asustada y presentaba unas cuantas heridas en las manos y las piernas, posiblemente por haber caído y haberse arañado con la vegetación y el terreno en su huida.

Gracias a los esfuerzos de Sir Cilydd y, especialmente, de Sir Turpin “el ágil”, lograron calmar a la niña que, aunque no articulaba palabra, tras los primeros instantes comenzó a responder a las preguntas de los caballeros con gestos de su cabeza.

Los barqueros informaron a los caballeros que la aldea más cercana, Bleadon, se encontraba a un par de millas hacia el oeste, siendo lo más probable que la niña procediese de allí, aunque un par de millas a pie por las marismas era un trayecto tremendamente difícil, mucho más tratándose de una niña sola, ya que era muy fácil perderse en las marismas y caer presa de las alimañas.

Tras pasar la noche en las barcas, a la mañana siguiente prosiguieron su camino hacia Bleadon. Durante el trayecto la niña, Ellie, se mostró algo más dispuesta a hablar y les contó que hace varios días había llegado un señor malo a la playa en un barco. Su familia había ayudado a ese señor, lo había acogido en su hogar. Pero varios días después de su llegada arribaron a la misma playa otros hombres de fuera y cuando el “señor malo” se enteró, mató a su familia e hizo cosas malas. Poco más les pudo contar porque al llegar a esa parte de la historia un llanto incontenible quebró su voz impidiéndole continuar.

Pocas horas tardaron en llegar a Bleadon y no les resultó difícil orientarse hasta allí, pues una pequeña columna de humo se elevaba hacia el cielo desde el interior de la aldea.

Extremando la prudencia, Sir Molacus, Sir Gaoth y Sir Cilydd desembarcaron a una prudente distancia del pueblo, para acercarse Sir Cilydd desde el noreste y sus dos compañeros desde el sureste.

Al aproximarse a la aldea no vieron a ninguno de sus habitantes, pero sí a un grupo de ocho guerreros. No llevaban armaduras, pero tenían el cuerpo decorado con intrincados motivos de color azul, al estilo de los pictos o de los guerreros irlandeses del norte. También pudieron identificar una enorme pira funeraria todavía humeante.

Sir Cilydd salió de su escondite en dirección a los guerreros, con la espada enfundada y los brazos abiertos en actitud no hostil, confiando en que no lo atacasen y, en el supuesto de que así fuese, sus compañeros interviniesen sorprendiéndolos desde el sur (a pesar de que los misteriosos guerreros eran casi una decena y ellos tan solo tres).

A pesar de los momentos de tensión tras la primera reacción de los guerreros al ver al caballero, afortunadamente el encuentro resultó cordial. Aquellos guerreros, comandados por Donngal MacNeill, procedían de las lejanas costas del norte de Dal Riada. Habían llegado a estas costas persiguiendo a un malvado druida llamado Amalgaid que había robado algo que no le pertenecía y que su clan tenía la responsabilidad de custodiar: un antiguo y enorme caldero ritual conocido como el Caldero de Clyddno Eddyn.

Amalgaid profanó el objeto dándole un uso impío para animar los cuerpos de los muertos, arrojando en su interior sus cabezas y haciendo uso de algún tipo de magia oscura y terriblemente malvada. Cuando llegaron tuvieron que enfrentarse a los cuerpos sin cabeza animados por la magia de Amalgaid. No quedaba ningún superviviente de la aldea y Amalgaid había huído.

Varios de los miembros del grupo de guerreros de Donngal murieron en la lucha y solo quedaban ellos ocho. Aunque no tenían ni idea de cuántos de aquellos seres acompañaron a Amalgaid en su huída, Donngal y sus hombres habían jurado recuperar el caldero como fuese, ya que estaban vinculados a ese juramento sagrado a través de lo que llamaron un “Geas”

Los caballeros se ofrecieron a colaborar con los irlandeses para dar caza al siniestro druida pues, al margen de si su presencia en esta zona tenía algo que ver o no con la plaga de saltadores de agua, resultaba evidente que el propio Amalgaid en sí mismo suponía un peligro para estas tierras y sus gentes.

La caza de Amalgaid

1623079444859Gracias a la pericia de Sir Gaoth descubrieron un rastro hacia el norte que decidieron seguir, algunos como Sir Cilydd y Donngall MacNeill, por tierra y otros repartidos en las barcazas en las que también aguardaba la pequeña Ellie.

Tras varias horas por un terreno fangoso y embarrado, por el que resultaba endiabladamente difícil avanzar, llegaron a las proximidades de la aldea de Oldmixon.

Los primeros en llegar a las proximidades fueron los que se desplazaron en las barcas. Sir Molacus y Sir Gaoth desembarcaron. Desde el interior de la aldea se escuchaba un sonido seco y rítmico. Al acercarse con toda la prudencia de que fueron capaces, distinguieron a un hombre que estaba con la mirada perdida, frente a un cepo de madera y con un hacha, concentrado en cortar unos troncos inexistentes. No había más rastro de vida en la aldea que ése.

Como todavía no había señales de Sir Cilydd y los irlandeses que habían seguido por tierra, Sir Gaoth y Sir Molacus decidieron rodear la aldea y esperar hacia el sur, con la esperanza de encontrarse con sus compañeros antes de que se acercasen a Oldmixon demasiado.

Al dar ese rodeo Sir Gaoth descubrió un sendero de huellas y de algo tremendamente voluminoso y pesado que había aplastado parte de la vegetación que cubría el terreno. Posiblemente por allí había llegado el druida con sus criaturas y el caldero que, por el rastro que habían dejado, parecía de un tamaño enorme. Un poco más hacia el sur, siguiendo el sendero, encontraron en el suelo, a un lado del camino, un par de cuerpos sin cabeza con varias de sus extremidades destrozadas, como habiendo sido aplastadas por algo tremendamente enorme y pesado.

Cerca del atardecer se encontraron con Sir Molacus y Sir Gaoth se encontraron Sir Cilydd y el resto de los irlandeses de MacNeill y les contaron lo que habían visto en la aldea.

Ya estando juntos y tras haberse reunido con Sir Turpin “el ágil” y el resto de irlandeses que habían quedado aguardando en las barcas, se dispusieron a explorar la aldea (Sir Turpin “el supersticioso” consideró más adecuado quedarse en las barcas para proteger a los barqueros y a Ellie).

En el pueblo no quedaba nadie salvo aquel hombre que continuaba golpeando el cepo con el hacha ininterrumpidamente y con la misma cadencia, como hechizado, como una burla cruel del druida Amalgaid, dejada como advertencia a sus perseguidores.

Cuando casi había comenzado a caer la noche Maelwey, un irlandés gigantón (casi tan grande como Sir Gaoth) encontró un rastro muy parecido al que habían seguido desde Bleadon hasta Oldmixon y que discurría hacia el norte, en dirección a una solitaria colina sin árboles sobre la que se erigían hacia el cielo varias piedras altas y estrechas, y hacia allá se dirigieron a la carrera.

IMG_20210519_110419.jpg

¿Estás dispuesto a matar a un druida?

No fue necesario que se acercasen demasiado a la colina para verlos.

Amalgaid estaba en la cima, parecía que estaba haciendo algo junto a un enorme caldero de metal situado sobre una gran piedra desnuda.

Rodeando la colina, en sus laderas, tenía un ejército de seres despojados de sus cabezas que de forma antinatural se mantenían en pie y que de vez en cuando se movían como por espasmos. Y eran muchos más que ellos.

Donngall, tremendamente excitado por ver tan cerca a su objetivo, le dijo a los caballeros que salvo que propusiesen un plan mejor, él y sus hombres estaban dispuesto a cargar contra las criaturas para llegar a la cima y llegar hasta Amalgaid. Pero los caballeros lograron contener sus ansias y le propusieron aguardar a que ellos rodeasen la colina y montasen algún tipo de distracción que atrajese hacia ellos al menos a parte de los siniestros guardianes del druida y así hicieron.

El plan salió demasiado bien. A pesar de que los cuerpos carecían de cabeza, enseguida parecieron percibir la presencia de los caballeros, que se habían aproximado desde el este tras dar un ligero rodeo a la colina. Y muchos de esos seres avanzaron hacia ellos colina abajo. Demasiados.

Viendo lo que se les venía encima, los caballeros reunieron valor y Sir Molacus y Sir Cilydd desenvainaron sus espadas mientras Sir Gaoth agarró con fuerza su enorme hacha, para cargar contra las criaturas con un grito de guerra, para que los pudiesen escuchar los irlandeses que se habían quedado al sur.

Aquellas criaturas eran tremendamente fuertes y, aunque no portaban ningún arma, golpeaban con sus brazos con una fuerza sobrenatural tal que incluso una de ellas consiguió derribar a Sir Molacus y a Sir Cilydd, provocando que rodasen colina abajo un par de yardas.

Mientras sus compañeros trataban de incorporarse a la vez de que otros seres sin cabeza se aproximaban, Sir Gaoth consiguió abrirse paso hacia la piedra de la cima en la que se encontraba el druida, que se encontraba realizando una invocación a Morrigan, diosa de la muerte y la destrucción, la Reina Espectral.

Tras un momento de duda sobre si dar la vuelta para ayudar a sus amigos o trepar a la piedra para enfrentarse al druida, finalmente Gaoth decidió subir, con la esperanza de que, si lograba detener a Amalgaid, aquellas criaturas dejasen de atacarles.

Sir Cilydd y Sir Molacus luchaban por sus vidas como lobos acorralados, tratando de avanzar colina arriba mientras eran rodeados por enemigos.

Desde su posición elevada, Sir Gaoth pudo ver cómo los irlandeses también habían cargado colina arriba, intentando acercarse a la roca en la que se encontraba el caldero, del cual parecía surgir un leve resplandor dorado.

Gaoth consiguió ascender al fin a la roca en la que estaba encaramado el druida con el caldero. Amalgaid no parecía humano. Tenía un rostro tremendamente pálido y cadavérico. Unos ojos que parecían enteramente negros, con unas pupilas enormes.

IMG_20210513_122300.jpgAmalgaid se dirigió de modo desafiante al caballero de Grimstead, amenazándole con una horrible maldición sobre él, su familia y sus tierras si osaba hacerle algún daño.

Preocupado por las palabras del druida, Sir Gaoth redirigió el ataque de su hacha hacia uno de los tres pies del caldero, pero al golpearlo su hacha salió despedida de sus manos mientras el druida soltaba una carcajada.

Desesperado, Sir Gaoth se encaramó al borde del caldero con la intención de derribarlo, pudiendo ver entonces el interior del mismo repleto de las cabezas humanas.

Fue la providencia la que quiso que en ese momento se uniesen a Gaoth sus compañeros Sir Molacus y Sir Cilydd, pudiendo entre los tres derribar el caldero, haciéndolo caer de la piedra colina abajo.

Mientras salían las cabezas de su interior, el ejército de seres sin cabeza caía al suelo como si fuesen muñecos sostenidos por unas cuerdas que se acabasen de cortar.

Amigos de Dal Riada

Tras hacer prisionero al malvado druida, Donngall MacNeill y sus guerreros se despidieron de los caballeros que les habían ayudado en su empresa. Si bien sería improbable que en algún momento sus caminos se llegasen a cruzar en algún momento, en el supuesto de que el capricho de los dioses así lo dispusiese podrían contar con su favor y amistad.

A su regreso al campamento brinato de Bath, los caballeros relataron lo sucedido ante el rey Uther y el rey Cadwy. Uther apenas les dejó continuar su relato sobre sus enfrentamientos con las criaturas acuáticas, preguntando insistentemente a los caballeros si consideraban que habían acabado con la causa de dicha plaga. A pesar de las respuestas algo dubitativas de los caballeros, Uther dio por cumplido su cometido ante Cadwy, manifestando que el problema de los pescadores de Somerset con aquellas criaturas ya era cosa del pasado gracias a la intervención del ejército de Logres. Uther despidió bruscamente a los caballeros, con una indisimulada impaciencia por acabar con todo aquello e iniciar el camino de regreso con su ejército.

No obstante los caballeros aguardaron fuera del pabellón en donde se encontraban todavía Uther, Cadwy y otros señores, a que saliera Merlín para hablar con él y contarle los sucesos acerca de la presencia del druida y los guerreros de Dal Riada, así como lo del caldero. Merlín escuchó muy atentamente la historia de los caballeros, mostrando un gran interés en la descripción del caldero que Amalgaid había robado y se habían llevado Donngal MacNeill y sus guerreros de regreso a Dal Riada.

Gaoth estaba muy preocupado por la maldición que Amalgaid había pronunciado cuando se había enfrentado a él en la cima de la colina y preguntó a Merlín sobre qué podía hacer al respecto. La críptica respuesta de Merlín no tranquilizó en absoluto al caballero de Grimstead:

Cuidáos de la ira de un druida, Sir Gaoth. Nosotros somos la voz de los dioses entre los hombres y nuestra furia puede provocar la ruina de reinos enteros. Si un druida os ha maldecido a vos, vuestra familia o vuestras tierras, más os valdrá apaciguarlo a él y a los dioses“.

Nota.- Imagen de cabezera basada una imagen de Knud Winckelmann, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=15205962

3 comentarios en “Logres, año 488 – El caldero de Clyddno Eddyn

    1. Thanks for comment, Jennifer!

      Ever since I saw the character of Veran (on the TV series Britannia) I felt the need to introduce into the campaign a druid with that sinister aspect.

      Also, in this story appears as a “guest star” Donngall MacNeill. He’s the father of a PK from another previous campaign I ran, set in the year 516.

      Fortunately there was a good understanding between the Player Knights and the Irish! 😅

      Me gusta

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